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AL DESPERTAR |
LA MARCA DEL BIKINI Tengo la boca pastosa y me apesta el aliento cuando despierto. La chica con la que me acosté ayer sigue dormida. Está desnuda sobre las sábanas, boca abajo. Se le nota exageradamente la marca del bikini sobre su culo más gordo y más desagradable de lo que lo recordaba, y me fijo que tiene las tetas un poco demasiado grandes, y las aplasta con su cuerpo de una manera muy poco erótica, y no me gustan. Me da mucho asco de repente que esté dormida aquí, me da asco haber follado con ella. La despierto. Ella tose un par de veces y me mira con los ojos aún medio cerrados. —¿Por qué no te vas a tu casa, bonita?— no recuerdo su nombre. ¿Sara?¿Sandra? Estiro la mano hacia la mesilla y cojo un puñado de palomitas que hay en una bolsa. —Odio a mi familia— contesta ella. No sé de que coño habla, creo que ha contestado a mi pregunta retórica. Es una gilipollas. Quiero que se vaya ahora, y se lo digo. Las palomitas están rancias y tengo acidez, Abro el cajón, saco un almax y un cigarro. La estúpida chica no se mueve, así que me levanto yo y me voy al baño. Me miro en el espejo y veo que estoy bueno hasta con resaca. Bebo agua directamente del grifo, y el almax hace una pasta arenosa que trago entre caladas con asco. Este tabaco no es el mio. Es malo y barato y cutre. Oigo a la chica quejarse mientras se levanta de la cama. Está desnuda paseando por mi habitación con sus tetas descomunalmente grandes y blancas y feas, como si no le importara estar ahí en medio en pelotas.. Yo me pongo unos calzoncillos que saco del montón de ropa sucia. Creo que es el de la ropa sucia. No lo sé. Parecen limpios. —¿Te importa si pongo música? Yo me quedo callado un segundo, planteándome si está hablando en coña o realmente es retrasada. —No. Salgo del baño justo en el momento en el que posa sus dedos en mi inmaculado iPod y me entra una furia asesina irrefrenable que me invita a abrirla en canal con un cortauñas. Pero me limito a mirar desde el marco de la puerta. —No toques eso, te estoy diciendo. Ahora rebusca entre mis discos. —¿David Bowie? Me quedo en silencio, esperando a ver si es capaz de formar una frase con sujeto y predicado o si, mucho mejor, se va de una puta vez. —¿Tienes discos de David Bowie? Observo que tiene un disco de Bowie en sus manos que acaba de sacar de entre mis discos. Me reitero en la idea de que es imbécil. —Sí. —Qué gay. Como repita “gay” otra vez la tiro por la ventana. Se ríe. Me mira y se ríe. ¿Tengo pinta de gay? Me dan ganas de pegarla, pero no lo hago, porque está mal visto y estoy cansado de ella y quiero que se vaya. ¿David Bowie es gay? Creo que sí. Bisexual al menos. No son discos de Enrique Iglesias. Me gusta Bowie. No es gay escuchar a Bowie. —Eres una gilipollas. Vete ya de mi casa. Sorprendentemente, mantengo la calma. Esta tía es de las típicas gordas histéricas. No son como las delgadas histéricas, que son estridentes. Las gordas histéricas son vulgares y eso me molesta. No quiero gritar porque ella se pondría a gritar y tendría que echarla desnuda como está al pasillo, y el hotel es de mi padre y la gente sabría que me he follado a esa gorda. Le tiro su ropa, para que deje de pasear su repugnante culo blanco nuclear. Se pone un tanga y la imagen es grotesca. Si me acercara lo suficiente creo que podría confirmar que eso es un grano. En todo el culo. Ayer iba muy pedo. Me tuvo que drogar. ¿Usé condón? No me importa. —Eres un poco borde, ¿no? No deja de preguntarme obviedades y me está hartando. Por eso me follo solo a guapas. Las guapas SABEN que son tontas, así que no hablan. Vienen, se dejan montar y se van por donde han venido. Pero las feas y las gordas se creen que son interesantes, que por eso nos acostamos con ellas. Así que hablan y hablan, porque creen que dicen cosas con sentido. No dicen más que gilipolleces. ¿Por qué puta razón querría nadie follarse a ese saco de sebo? Debe pesar al menos 65 kilos la muy foca. |
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ANIVERSARIO Volvieron a despertarme tus ronquidos. Di un par de manotazos a ciegas, sin atreverme a abrir los ojos, para no desvelarme. Seguías roncando. Un codazo y emitiste un quejido agudo, pero al fin te callaste. Me giré en la cama, recuperando algo de la manta que me habías robado durante la noche, como haces siempre, desde hace más de 20 años, y empezaste a roncar de nuevo. -Calla, Paco, por amor de Dios -musité, abriendo al fin los ojos. Los dígitos rojos y cuadrados de la radio despertador marcaban las 7:28-. Arriba, que hoy trabajas. Te incorporaste en la cama bostezando sonoramente y despejándote la garganta con un ruido de flemas muy desagradable, que sabes que odio. -Pon el calentador, Cuqui, que me vi a duchar. Y hazme el café. Yo me levanté también, y me puse la bata de cuadros azules que me regalaste por el día de la madre el año pasado. -Anda, dame esa camiseta, que voy a lavarla. Te quitaste la sucia camiseta de tirantes con la que sueles dormir, con ronchones de sudor en las axilas y el pecho, y me la tiraste al suelo, cuando sabes que me cuesta agacharme, por el lumbago. Te rascabas el culo de camino al baño. -¿Quieres ponerme el calentador ya? Que no tengo todo el día, Cuqui, que ayer me trajeron un Mercedes al taller pa repararlo urgente. Cagüen la leche, que trasera más bonita tiene ese coche, nena. Últimamente los únicos culos que mirabas eran los de los coches. ¿Cómo ibas a fijarte en el mío? Cincuentón, fláccido y pálido. Claro, la última vez que me llevaste a la playa, en Benidorm aún no había rascacielos. Me senté en la cama y me puse unos calcetines blancos, que se confundían con la piel de mis hinchados tobillos, y encima las alpargatas, para bajar a la cocina y encender el calentador. Llevaba una semana funcionando mal, y el fontanero iba a venir el miércoles a arreglarlo. Puse la cafetera al fuego y serví dos tazas. La tuya con dos cucharadas de azúcar, la mía con sacarina y leche desnatada. Bajaste las escaleras silbando, siempre estás de mejor humor después de ducharte. -¿Cómo te pones esa camisa? Hombre, que está hecha un asco. Trae acá. Te la quitaste descubriendo tu abultada y peluda barriga, murmurando que no estaba tan mal, que solo estaba a medio usar. Tenía un lamparón al lado del bolsillo, de tomate del pisto de ayer. -Pero si es para ponermela debajo el mono. Que no lo va a ver nadie. -Ponte esta, Paco -alcancé una camisa de cuadros rojos, poniéndola a contraluz para mirar que no tuviera arrugas. Con lo buena que yo era planchando, y ya ni eso lo hacía bien. Yo, que en mis tiempos, cuando trabajaba en la fábrica, tenía que planchar decenas de pantalones cada día-. Tenemos que ir al Carrefour a comprarte más camisas. Que te quedan todas justas aquí en la tripa. Que estás gordo como un ceporro, Paco. -Eso es por las comidas que me haces, Cuqui, que eres una cocinera que ya le gustaría al Arguiñano, cagüen diez. Me diste un cachete en el culo, y me tembló como un pudding de pescado. -Paco, esta tarde si puedes te pasas por donde la Puri y te compras un lenguado, que mañana viene la niña a comer. -¿Un lenguao ? ¿Y este derroche a qué? -preguntaste tú, tan ahorrador como siempre. -Que es nuestro aniversario, Francisco -te contesté, mientras echaba Fairy al estropajo para limpiar las tazas. Ya sabía que no te ibas a acordar. -Ya lo sé, tontorrona. El veinticinco, que no estoy senil aún. Abriste la puerta y entró un viento helado. Me cerré la bata, cruzando los brazos y encogiéndo el cuello, como si así fuera a dejar de tener frío. -¿Quieres que te lleve el almuerzo? -Deja -dijiste, dándome un beso en la mejilla-, que hoy he quedao a comer con el Luisma, que voy a ver si le arreglo el Seat, que está más cascao ya... -Vale. Venga, abróchate la chamarra, que hace un frío de mil demonios, Paco, no te vayas a poner malo. ¡No te olvides del lenguado! -te grité, después de que cerraras la puerta de la verja y echaras a andar hacia el taller, que te queda a 3 minutos de casa. Subí a la habitación y abrí la ventana, para ventilar. Era jueves, tocaba cambiar las sábanas, por que el miércoles era el día sagrao , como lo llamabas tú. Había que echar un quiqui con la parienta, y las sábanas se quedaban perdidas. Porque sudabas como un cerdo, Paco, todo hay que decirlo. Que uno con tu edad y tu barriga cervecera ya no está para mucho trote. Y a mi me daba un miedo que pa qué, a ver si te iba a dar un ataque o algo, que te dijo el médico que nada de esfuerzos grandes. Yo ya no sé cómo seguíamos haciendo el amor todos los miércoles. Supongo que te empeñabas para recordar viejos tiempos, cuando, de recién casados, no parábamos. Tú estabas hecho un chaval, guapo, guapo. Y estabas delgado, como un pincel, con tu pelo todo engominado, echao para atrás, que daba gloria verte. Y yo ni tenía lumbago ni varices ni nada. Por no tener, no tenía ni celulitis. Que yo en el pueblo era la más maja, de moza. Que tenía pretendientes que no podía contarlos con todos los dedos, de lo muchos que eran. Pero yo solo tenía ojos para ti, el que estudiaba para mecánico. Mira que me pretendía uno que iba para médico y le dije que no, que yo me casaba con el hijo del Francisco. Y me casé con Paquito, como te llamaban entonces. Y ahora, Paco, el mecánico, el marido de la Cuqui, que en el pueblo a mi me querían mucho, de toda la vida. Paco, con tu barriga y tu calva, y tus cuatro canas mal puestas, y el mono azul lleno de grasa y aceite de camión. Y esa risa cuando el Luisma te contaba chistes verdes, que te creías que yo no me enteraba. Yo que me pude haber casado con un médico y haber vivido como una reina, y me casé contigo porque te quería más que a nada. Y van ya veinticinco años y te quiero como si aún fuera el primero. |
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SANGRE Debía ser mediodía cuando por fin desperté. Había en la habitación una especie de vaho denso y nauseabundo. Miré mis manos, cubiertas de sangre. -Lo has vuelto a hacer -te dije, con reproche, pero con cierta compasión también. Me giré hacia el otro lado de la cama con temor, y apareciste dibujando una sonrisa en mi rostro, que hice desaparecer tan pronto como vi a aquel hombre. Estaba cubierto de sangre, y había empapado toda la cama. Las sábanas tenían ahora un aspecto marrón acartonado. Estaba de espaldas a mí. -Dale la vuelta -me dijiste riéndo. -¡No! -contesté yo. -Cobarde. Le cogiste del brazo y le pusiste bocarriba en la cama. No dejabas de reír diciendo obscenidades y yo tuve que girarme a vomitar en el suelo, cerrando los ojos con fuerza, intentando borrar esa imagen de mi cabeza. -Blanda. Cobarde -me insultabas. Te pegaba, haciéndome daño. -¡Mírale! ¡Lo has hecho tú! -una sonrisa burlona bailaba en tus labios. -¡No! -Mira tus manos. Es su sangre. Y era verdad. No pude más que llorar, mientras tú me obligabas a mirar el cadaver de ese chico. No debía tener ni veinte años. -¡Has sido tú! ¡Siempre eres tú! -te grité. No parabas de reírte. Te reías de mi y de el chico muerto. Llevaste mis manos a su cuello, rebanado en dos, y la sangre, coagulada y fría, me volvió a dar náuseas. -¡Déjame! -te sulpicaba, pero no me hiciste caso. -Ayer no me decías eso, cuando te follabas a esté bombón, cuando le cortaste el cuello y te corriste bañándote en su sangre. Me tapé los oídos para no escucharte, pero seguías dentro de mi cabeza, y las imágenes volvían a mi recuerdo. Era un chico muy guapo, la verdad. Delgado y con aspecto inocente. Fue un buen polvo hasta que le asesiné. Porque fui yo. Siempre soy yo. -Bésale. Miré su cara, su gesto de placer que no había cambiado al morir tan de repente. Y le besé porque me obligaste. Su lengua era ahora un pedazo de carne fría, y sus labios estaban secos. Él estaba muerto, qué esperabas. -Fóllale otra vez. Aún la tiene dura. -¡NO! -Las lágrimas rodaban por mis mejillas llenas de sangre reseca-. Estás enferma. -Tú también, mi amor. Me sentaste a horcajadas sobre él y me obligaste. Yo te suplicaba que me dejaras parar, pero tú eras la que controlaba mis piernas y no parabas de moverme, arriba y abajo. Yo solo podía cerrar los ojos para no ver su cara de muerte y sus ojos vacíos. -Te está encantando. Eres una guarra. Me golpeaba para que pararas, pero no parecía importarte el dolor. El dolor siempre te ha excitado. Conseguiste que tuviera un orgasmo con el chico muerto, mientras yo lloraba y te gritaba para que me dejaras parar. Y otro. Y me masturbé lamiendo la sangre de su cuerpo. Me obligaste. Llamaron a la puerta. -Servicio de habitaciones. -¡NO QUEREMOS NADA! -gritamos a la vez. -Están haciendo mucho ruido y los demás huéspedes se quejan. Yo comencé a gritar pidiendo ayuda. Y tú me gritabas a mí. -¡CÁLLATE, PUTA! -Oiga... Voy... voy a entrar -dijo la camarera. Le temblaba la voz. -¡NO! -dijimos las dos. Yo por el bien de ella y tú por el tuyo. Pero ella entró. Y no nos quedó más remedio que matarla a ella también. Su cofia blanca se tiñó de repente de rojo y se la arrancaste de un tirón, dejando su tripa, abierta de un tajo, desparramándose en el suelo. -Hazlo ahora mientras aún está caliente. Y lo hice, porque me obligaste. Siempre me obligas. |
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ÁNGEL Abrí los ojos y seguías a mi lado en la cama. La luz se filtraba por las ranuras de la persiana y caía sobre tu pecho desnudo haciendo formas que yo dibujaba con mis manos sobre tu piel. En la habitación se respiraba el cálido aroma del sexo. Te volví a colocar el pelo como a ti te gusta, cubriéndote los ojos, procurando no despertarte, porque estás tan guapo dormido. Adoro esa sonrisa inocente que tienes cuando te duermes abrazándome, y tu respiración, lenta y suave, rítmica, casi como música. Volví a hundirme en tu cuello, respirando tu aroma, llenándome de él, y tú sonreías, aún dormido, cuando mi aliento te acariciaba la piel. Haciendo un esfuerzo me levanté de la cama. El suelo estaba frío, y fui corriendo a la alfombra de pelo largo frente a la ventana. Era una sensacion agradable mirar los árboles, naranjas como están a finales de noviembre, sabiéndote tumbado en mi cama, sintiendo tu calor desde el otro lado de la habitación, aún con el sabor de tu piel en mi boca. Miré mi reflejo en el cristal, y me arreglé también el pelo, más oscuro que el tuyo. Siempre dices que mi pelo negro huele a hierba recién cortada, a ciudad después de una tormenta. Dices que huele a felicidad, y que mi piel es suave como el terciopelo. Volví a mirarte y seguías dormido. Sin hacer ruido fui al baño y encendí la ducha, dejando la puerta abierta. Enseguida el baño comenzó a llenarse de vapor, empañando el cristal de la ducha y el espejo, y saliendo por la puerta, llenando también la habitación de ese aire húmedo y caliente. Con el dedo sobre el espejo escribí bien grande ''TE QUIERO'', para que lo vieras cuando te levantaras, aunque no hiciera falta, porque ya lo sabes. Puse el tapón a la bañera y me desnudé despacio. El agua estaba muy caliente, pero era agradable sumergirse en ella, sentir su presión sobre el pecho, que hacía difícil respirar. Ahora el silencio era absoluto, solo se oía el ligero chapoteo de mis manos contra la superficie del agua, cristalina y pura. Hundí la cabeza, y dejé que el aire se escapara por mi nariz poco a poco, hasta que no quedó nada en mis pulmones y volví a la superficie, abriendo los ojos. Y ahí estabas tú, desnudo también, frente a la bañera. Me senté para hacerte sitio, y tú entraste lentamente y te pusiste de rodillas entre mis piernas. Volví a acariciar tu largo pelo castaño con mis manos arrugadas por el agua caliente. -Yo también -me dijiste, y apartándome el flequillo mojado de la cara con suavidad, me besaste. Fue un beso corto, inocente, como el beso que se le da a un primer amor, apenas rozando mis labios. Un beso dulce y sencillo, como tú. Me sonreíste, yo te sonreí. Te rodeé con mis brazos y apoyaste la cabeza sobre mi pecho, como haces tantas veces, porque dices que te gusta oír latir mi corazón. Quizá porque sabes que late por ti. Y así nos quedamos apenas unos segundos, una eternidad, hasta que solo sentimos nuestros cuerpos, hasta que olvidamos lo helada que estaba ya el agua y el resto del mundo fuera de nuestra piel, que ahora era como una sola. Tú tarareabas esa canción que sabes que me encanta, y con tu voz suave y cálida dejabas escapar frases sueltas. '' You make me sick, because I adore you so ''. Enredaba mis manos en tu pelo, que es como un pedacito de sol sobre tu cabeza, como el aura de un ángel. Mirándote desde arriba me enamoré de ti otra vez. De tus ojos color canela, siempre sonrientes, de tus labios que me obligan a besarte, de tu pequeña naricilla infantil y de tu piel clara y suave. Y me enamoré de tu cuerpo. Tu cuello, tus brazos, tus piernas, tu ombligo y ese lunar que tienes en la espalda; de la manera en que me miras, y de tu voz, y de tu aliento. Y me alegré de que fueras mío, y de ser solo tuyo, de ser tu Ángel.
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